Por segundo año no consecutivo postulé a la beca doctoral de CONICET, que realmente me ayudaría a estudiar un doctorado. Pero quede afuera por segunda vez.
Aquí un poco de mi experiencia por si te sirve a vos.
ostulé dos veces a una beca doctoral de CONICET. Dos rechazos. No voy a edulcorarlo ni a hacer pedagogía institucional: voy a contar qué me pasó, cómo opera el sistema en la práctica y qué le diría a cualquiera que esté pensando en postular.
Primera postulación: el director “equivalente” no existe
Mi primera experiencia fue clara y brutal. Postulé con un director no CONICET, pero con una trayectoria académica larga, producción sostenida y reconocimiento en su campo. En cualquier sistema razonable, eso debería ser suficiente. En CONICET, no.
Aunque el reglamento admite directores “equivalentes”, en la práctica:
- No juegan igual.
- No pesan igual.
- Y no protegen el proyecto en la evaluación.
Resultado: el proyecto fue destrozado. No discutido, no mejorado: directamente invalidado. Da igual si la coherencia entre plan, director y lugar de trabajo es alta (y lo era): si el director no es CONICET, el plan queda expuesto. No hay capital simbólico que lo defienda en la comisión.
Tip 1 para postulantes
Si postulás a CONICET, tu director tiene que ser CONICET. No “equivalente”, no “asociado”, no “con trayectoria”. CONICET puro. Todo lo demás es voluntarismo.
Segunda postulación: edad + perfil = penalización silenciosa
La segunda vez llegué mejor parado en casi todo:
- Más formación.
- Más escritura.
- Más experiencia.
- Dirección y codirección pertinentes.
- Coherencia entre plan, formación y lugar de trabajo puntuada casi al máximo.
Y aun así, rechazo.
Acá aparece otra dimensión que no está escrita en ningún lado, pero opera:
la edad y el perfil profesional.
Con 38 años, el estándar implícito cambia. No te lo dicen, pero pasa:
- Se espera un plan “cerrado”, “maduro”, sin exploraciones.
- No hay margen para búsquedas ni ajustes.
- Cualquier debilidad teórica o metodológica pesa el doble.
Además, mi perfil de consultor en asuntos públicos jugó en contra. No porque lo digan explícitamente —no lo hacen—, sino porque:
- CONICET no premia la experiencia aplicada.
- La lógica de consultoría (diagnóstico, policy analysis, relevancia pública) no es la lógica de la investigación básica.
- Si no traducís todo eso a un problema teórico clásico, sos penalizado.
El resultado es paradójico:
te puntúan alto la coherencia general, validan el tema, aceptan el encuadre estratégico… y aun así te bajan fuerte el plan, que es lo que define la beca.
Tip 2 para postulantes
Si venís de la consultoría, la gestión o la política pública:
no escribas como consultor.
Escribí como si nunca hubieras trabajado afuera de la academia.
Lo que CONICET no te dice (pero deberías saber)
- CONICET no evalúa potencial: evalúa adecuación a un molde.
- No evalúa impacto público: evalúa densidad teórica y método.
- No evalúa trayectorias híbridas: evalúa carreras científicas puras.
- La coherencia entre plan y dirección no te salva si el plan no responde al canon disciplinar dominante.
- La edad no figura como criterio, pero modifica el umbral de exigencia.
Nada de esto es ilegal. Pero tampoco es neutral.
cv
Postulacion 2023
Postulacion 2025
Del éxito nada se aprende. – David Bowie
El perfil político con el que CONICET evalúa candidatos y el tipo de investigador que decide financiar
Las convocatorias de becas doctorales del CONICET no evalúan únicamente méritos académicos individuales. Evalúan, de manera implícita pero sistemática, un conjunto de condiciones políticas e institucionales que definen qué trayectorias resultan financiables y cuáles no. Bajo una retórica de excelencia, coherencia y calidad científica, el sistema opera con un perfil de evaluación que prioriza la estabilidad organizacional por sobre la innovación intelectual, la relevancia pública o la transferencia del conocimiento.
CONICET no se pregunta solamente si un proyecto es interesante o si un/a postulante está bien formado/a. La pregunta central que estructura la evaluación es otra: qué tan previsible, controlable y homologable resulta ese candidato dentro de la arquitectura del sistema científico. La lógica que guía la selección es conservadora en términos institucionales, no necesariamente ideológica, pero sí profundamente orientada a minimizar riesgos.
Desde esta perspectiva, se valora especialmente que el proyecto doctoral se inscriba en una tradición disciplinar clara, reconocible y ya legitimada. Se privilegian problemas de investigación acotados, con debates teóricos canónicos, metodologías estándar y aportes incrementales al conocimiento existente. La originalidad excesiva, la interdisciplina real o la orientación aplicada suelen ser leídas menos como virtudes que como fuentes de incertidumbre.
El mismo criterio se aplica a la trayectoria del postulante. Se consideran más seguros aquellos recorridos lineales, sin desvíos hacia la gestión pública, la consultoría, la transferencia o la intervención profesional. El ideal es una carrera académica temprana, continua y endogámica, orientada casi exclusivamente a la reproducción del campo científico. Cuanto más se aleja una trayectoria de ese molde, mayor es el riesgo percibido por el sistema.
La evaluación también es profundamente institucional. Se privilegian doctorados presenciales en universidades públicas tradicionales, con unidades ejecutoras CONICET claramente identificables. La dirección a cargo de investigadores activos del organismo no es solo un requisito académico, sino una garantía política de control, seguimiento y encuadre. Doctorados a distancia, formatos no tradicionales o inserciones institucionales híbridas suelen ser penalizados, aun cuando la calidad del proyecto sea alta.
Este esquema produce un efecto claro: quedan sistemáticamente relegados perfiles orientados al análisis de políticas públicas, la innovación estatal, el gobierno digital, la articulación con organismos internacionales o el estudio de problemas públicos concretos desde una perspectiva aplicada. También se desalientan trayectorias interdisciplinarias, territoriales o vinculadas a procesos de transferencia e incidencia. No porque carezcan de valor, sino porque introducen incertidumbre en un sistema diseñado para reproducirse a sí mismo.
El candidato ideal que CONICET decide financiar no es necesariamente el más creativo ni el más crítico. Es el más compatible con el dispositivo institucional. Es aquel que garantiza continuidad, previsibilidad y homologación. Un investigador en formación que habla el lenguaje del campo, se mueve dentro de sus márgenes y proyecta una carrera científica clásica, con bajo riesgo de desvío hacia otros ámbitos.
Este modelo tiene consecuencias políticas profundas. Reproduce una élite académica relativamente homogénea, limita la diversidad de perfiles en formación doctoral y contribuye a una creciente desconexión entre la investigación en ciencias sociales y los problemas públicos contemporáneos. La ciencia que se financia es, en muchos casos, sólida y rigurosa, pero también autocontenida, poco permeable y escasamente orientada a la transformación de la realidad que estudia.
Nada de esto implica mala fe por parte de evaluadores o comisiones. Se trata de una lógica institucional coherente con los incentivos y miedos del sistema. El problema no es que existan criterios de selección. El problema es que esos criterios no se expliciten. Mientras permanezcan implícitos, muchos proyectos valiosos seguirán quedando afuera, no por falta de calidad, sino por no encajar en el perfil político–organizacional que hoy el CONICET está dispuesto a financiar.

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