*Escrito por IA
En el debate político contemporáneo, pocos fenómenos sufren tanto la ligereza del análisis como el peronismo. Con frecuencia, tanto la crítica opositora como la propia militancia caen en una trampa analítica común: confundir a los peronistas con el peronismo, y a este con el Justicialismo. Para la ciencia política, y en particular para la peronología como campo de observación, esta confusión no es solo un error de nomenclatura; es una ceguera conceptual que impide entender cómo funciona el movimiento político más persistente de la historia argentina.
Para desarmar este nudo, es necesario separar el fenómeno en sus tres componentes analíticos y entender cómo se concatenan: los hombres (los peronistas), la estructura/identidad (el peronismo) y la doctrina (el Justicialismo).
La cadena de elementos: Hombres, Movimiento y Doctrina
El error de partida es creer que el peronismo es una masa uniforme donde todo significa lo mismo. En la realidad, estos tres elementos operan en niveles completamente distintos pero interconectados:
[ Justicialismo ] --> El deber ser (La Doctrina filosófica y axiológica)
↓
[ Peronismo ] --> El ser histórico (El Movimiento, la identidad y el mito)
↓
[ Peronistas ] --> Los actores reales (Los hombres, las facciones y la praxis)
- El Justicialismo es la doctrina: Es el corpus teórico, filosófico y axiológico (el sistema de valores). Es el «deber ser» plasmado en textos, en las veinte verdades y en la búsqueda de la comunidad organizada.
- El Peronismo es el movimiento: Es el sujeto histórico, la identidad política, la cultura popular y el contenedor del mito. El peronismo es el río por donde circula la experiencia histórica.
- Los Peronistas son los hombres: Son los actores de carne y hueso, las facciones territoriales, los líderes circunstanciales y la praxis diaria.
La concatenación es clara: el Justicialismo pretende guiar al peronismo, y este contiene a los peronistas. El problema metodológico —y político— surge cuando se asume que la conducta de los peronistas (los hombres) define automáticamente la naturaleza de la doctrina (el Justicialismo). Los hombres son contingentes; el movimiento es dinámico; la doctrina es fundacional.
La trampa de la socialización política y los «códigos de grupo»
¿Por qué se confunden tan seguido? La respuesta está en los procesos de socialización política. La gran mayoría de los dirigentes, militantes y ciudadanos no se forman políticamente leyendo La Comunidad Organizada en un aula universitaria. Se socializan en el peronismo real: el de las unidades básicas, los sindicatos, los territorios y las dinámicas de poder. Se socializan en el peronismo de los hombres.
Al hacerlo, lo que internalizan no es la doctrina filosófica del Justicialismo, sino los códigos políticos, las lógicas de lealtad, los pragmatismos y las éticas grupales de la facción o el contexto histórico donde les tocó activarse.
El error analítico radica en tomar la ética de una facción de peronistas (con sus vicios, virtudes, lógicas de supervivencia o acumulación) y decir: «Esto es el peronismo».
Un grupo de peronistas puede adoptar prácticas políticas corporativas, patrimonialistas o puramente pragmáticas. Esas prácticas responden a la cultura de ese grupo y a la coyuntura del poder, pero no necesariamente guardan relación con la ética y los valores originarios del Justicialismo. Confundir la subcultura de una facción con la doctrina madre es el equivalente a confundir el comportamiento de un monarca medieval con la teología de su religión.
El Justicialismo como ética pública
Cuando se raspa la superficie de la disputa facciosa de los peronistas y se vuelve al Justicialismo, lo que se encuentra es una propuesta de ética pública específica. El Justicialismo, en su diseño original, no es un manual de pragmatismo amoral; es una doctrina que busca el equilibrio entre el individuo y la comunidad (la tercera posición).
Los valores que hacen a su concepción de la ética pública están anclados en:
- La justicia social como ordenador del Estado.
- La dignificación del trabajo como el elemento que integra al ciudadano a la comunidad.
- La subordinación del interés particular al interés general (la Comunidad Organizada).
Desde una perspectiva estrictamente académica, esta doctrina propone que la legitimidad del ejercicio del poder está ligada al cumplimiento de estos fines comunes. Sin embargo, hay una distancia insalvable entre esta filosofía política y la gestión cotidiana del Estado moderno.
El choque con la gestión: Por qué los apotegmas no son decretos
Aquí radica el último malentendido, compartido tanto por la administración de los peronistas en el poder como por sus críticos: la creencia de que los apotegmas peronistas son herramientas de administración pública.
Los apotegmas («Mejor que decir es hacer», «La única verdad es la realidad», o «El trabajo es un derecho») son máximas de movilización política, piezas de pedagogía popular y constructores de identidad. Tienen una función mitológica y organizativa formidable. Pero la burocracia estatal y la hacienda pública se rigen por lógicas científicas, restricciones macroeconómicas y procedimientos normativos que no responden a la mística.
- «Mejor que decir es hacer» es un gran lema político, pero en la administración pública el «hacer» sin planificación estratégica, sin evaluación de impacto y sin control presupuestario deviene en ineficiencia o voluntarismo inviable.
- El voluntarismo político de los hombres suele chocar de frente con las reglas técnicas del Estado y las instituciones.
Cuando los peronistas en el gobierno intentan sustituir la técnica de la gestión pública con la mera aplicación folclórica de apotegmas, la gestión se resiente. Y cuando la oposición evalúa la doctrina justicialista basándose únicamente en los errores de gestión de un gobierno de peronistas, el análisis científico se destruye.
Conclusión
El peronismo es un fenómeno complejo que requiere un instrumental analítico preciso. Para el analista, el consultor y el ciudadano, es vital entender que los peronistas hacen política, el peronismo hace historia y el Justicialismo hace doctrina.
Reducir el Justicialismo a las acciones de un grupo de peronistas en una coyuntura dada es un reduccionismo inconducente. Solo separando al actor de la estructura, y a la estructura de la norma fundacional, se puede empezar a entender por qué el movimiento sigue siendo el eje pivotante de la política argentina, independientemente de cuántas veces sus hombres contradigan sus propios textos.

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